domingo, 5 de agosto de 2012

Callejón sin salida


Presentía que eras un callejón sin salida, pero tu luz me engaño. Me llenaste de carteles luminosos, de pasajes llenos de colores, de melodías significantes y de brisas alentadoras.
Pusiste a mis pies una hermosa alfombra roja, la cual aseguraste me conduciría directamente a tu alma, a tu luna, a nuestra Luna.

Llenaste de flores las ventanas de las casas, contrataste a siete enanos que al hacer la vertical al unísono me mostraban sus ombligos, malabareaste tus palabras y me entretuviste con tus historias y yo, yo caminaba junto a mi inocente media sonrisa, paseando mis carcajadas impunes por la calle y  coloreaba guirnaldas a base de utópicos sueños.

Me regalaste zapatillas y pediste que corriera, que me apurara convenciéndome que no había tiempo. Deseche los gestos desconfiados que se habían apoderado de mí y apure mi paso para, finalmente, caer en tus brazos y lastimarme con tus espinas. Suplicaste mis disculpas, curaste mis heridas con tus besos, tomaste mi mano y nuevamente me hiciste flotar.

Volé unas cuadras a base de suspiros y caricias nocturnas, de arrumacos y miradas dulcemente silentes, de roses apasionados y alaridos desmesurados; pero un huracán de furia y desconfianza, un tifón de alucinaciones y gritos, un terremoto de frases y fotos, un maremoto de lágrimas, angustias no resueltas y quejidos nunca dichos me obligaron a bajar a la tierra, a ensamblarme nuevamente al frío y duro pavimento y a recordar que, si bien intuía que este callejón no tenía salida y su intensa luz se presentaba intermitentemente, yo contaba con mi propia luminosidad.

Cerré los ojos buscando percibir mi claridad, me aislé del mundo y con el dolor de un amor locamente inconcluso corriendo por mis venas, volví mis pasos transitando nuestra historia labrada en las comisuras de los adoquines, observando las rajaduras de las paredes, los grafitis coloridos en las persianas, los viejos brotes de las plantas recientemente podadas y los fanales tibiamente encendidos.

El faro de mi fuerza pudo más que mi debilidad ante sus divertidas ocurrencias y, gracias a ello, aunque con todo el dolor del mundo , encontré en la entrada, la salida.

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