Arriesgarse a amar, más que riesgo es un aprendizaje.
Aprender a amar es también aprender a amarse, arriesgarse a soñar mientras te desenredan el alma con
caricias y te curan con besos las heridas; porque al fin de cuentas, todos
tenemos una cascarita en el alma. Aprender a amar, es el mejor riesgo porque de
lo contrario uno se sienta a esperar y, mientras la espera desespera, el amor hace su trabajo con calma,
serenamente espolvoreándonos el corazón a base de miles de destellos de vida.

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