domingo, 12 de agosto de 2012

Día del niño

Volví a reír a las carcajadas, a sorprenderme con cada gesto, con singulares miradas, con pequeños destellos de “pascualismo” de la gente que me acompaña.

Volví a jugar a juegos de mesa, a ver como mis amigos intentan hacer trampa sin que los vea, a sentir la inocencia y a pedirle deseos a las estrellas.

Volví a correr por el placer mismo de correr mientras disfruto de la lluvia golpeandome la cara, pregonando una sonrisa placentera, generando mariposas en mi panza. 

Volví a darme cuenta que sin mis amigos me siento incompleta, que de no tenerlos mi vida sería una vizñeta entre tantas cosas que para ellos, los “grandes”, sería una treta.

Volví a encontrarme en la calesita de la vida, esa que de tantas vueltas no te aburre sino que te invita a armar la estrategia en busca de la sortija de la vida.

Recordé que la existencia suele tener “subi-bajas” y que, indefectiblemente, necesitas la complicidad de un “otro” que te balancee y te ofrezca su compañía.

Volví a jugar al “Pato Ñato”, eligiendo las personas para contarles mis profundos anhelos, para seducirlas con el coqueteo de príncipes, princesas, castillos y secretos.

Hoy sigo preguntándome “que quiero ser cuando sea grande” y a que me quiero dedicar cuando llegue ese momento y descubrí, que lo único que anhelo es ser consecuente con mis ganas de disfrutar, amar, jugar, aprender... y siento, realmente, que con eso ya tengo todo resuelto.

Feliz día del niño! Bienvenidos al juego de la vida!!!! :)

sábado, 11 de agosto de 2012

Llueve


Hoy lloro como el cielo, grito al compás de los truenos, empapo mi alma de sueños y destello la luz del rayo… que sucumbe mi cuerpo.

domingo, 5 de agosto de 2012

Acaracolado presente


Sentada frente al mar volví a descubrirme.
El vaivén de las olas golpea mi corazón,
el aroma a salitre se filtra en mis venas,
el rocío del mar vuelve a empapar mi alma.
La vida me presta un nuevo prismático...
 
Cierro los ojos y me dejo llevar,
ese dulce y fuerte sonido me rodea,
paz y excitación uniforme,
colores estridentes y pensamientos consecuentes
invaden una vez mas mi mente.

Azucarado y acaracolado presente...

Arriesgarse a amar


Arriesgarse a amar, más que riesgo es un aprendizaje. Aprender a amar es también aprender a amarse, arriesgarse a  soñar mientras te desenredan el alma con caricias y te curan con besos las heridas; porque al fin de cuentas, todos tenemos una cascarita en el alma. Aprender a amar, es el mejor riesgo porque de lo contrario uno se sienta a esperar y, mientras la espera desespera,  el amor hace su trabajo con calma, serenamente espolvoreándonos el corazón a base de miles de destellos de vida. 

Callejón sin salida


Presentía que eras un callejón sin salida, pero tu luz me engaño. Me llenaste de carteles luminosos, de pasajes llenos de colores, de melodías significantes y de brisas alentadoras.
Pusiste a mis pies una hermosa alfombra roja, la cual aseguraste me conduciría directamente a tu alma, a tu luna, a nuestra Luna.

Llenaste de flores las ventanas de las casas, contrataste a siete enanos que al hacer la vertical al unísono me mostraban sus ombligos, malabareaste tus palabras y me entretuviste con tus historias y yo, yo caminaba junto a mi inocente media sonrisa, paseando mis carcajadas impunes por la calle y  coloreaba guirnaldas a base de utópicos sueños.

Me regalaste zapatillas y pediste que corriera, que me apurara convenciéndome que no había tiempo. Deseche los gestos desconfiados que se habían apoderado de mí y apure mi paso para, finalmente, caer en tus brazos y lastimarme con tus espinas. Suplicaste mis disculpas, curaste mis heridas con tus besos, tomaste mi mano y nuevamente me hiciste flotar.

Volé unas cuadras a base de suspiros y caricias nocturnas, de arrumacos y miradas dulcemente silentes, de roses apasionados y alaridos desmesurados; pero un huracán de furia y desconfianza, un tifón de alucinaciones y gritos, un terremoto de frases y fotos, un maremoto de lágrimas, angustias no resueltas y quejidos nunca dichos me obligaron a bajar a la tierra, a ensamblarme nuevamente al frío y duro pavimento y a recordar que, si bien intuía que este callejón no tenía salida y su intensa luz se presentaba intermitentemente, yo contaba con mi propia luminosidad.

Cerré los ojos buscando percibir mi claridad, me aislé del mundo y con el dolor de un amor locamente inconcluso corriendo por mis venas, volví mis pasos transitando nuestra historia labrada en las comisuras de los adoquines, observando las rajaduras de las paredes, los grafitis coloridos en las persianas, los viejos brotes de las plantas recientemente podadas y los fanales tibiamente encendidos.

El faro de mi fuerza pudo más que mi debilidad ante sus divertidas ocurrencias y, gracias a ello, aunque con todo el dolor del mundo , encontré en la entrada, la salida.