A veces suelo encontrarme en
situaciones que pasan de divertidas a poco graciosas en escasos segundos. Por
lo general, suelo ser una mujer simpática, que sigue el tren de la joda
colectiva sin necesidad de poner voz aguda
al estilo “ayyy por favooor”, manito en la cara mediante, para decir que
no estoy de acuerdo con lo que están diciendo. Sin embargo, en este fin de
semana me ha tocado vivenciar dos situaciones un tanto llamativas en donde los
protagonistas fueron hombres – no adolescentes, aclaro- que, con el afán de acercarse, han acudido a
la agresividad disfrazada de chiste.
Quien no me tiro un papelito, me
pateó o deslizo un comentario “levemente” jodido, optó por ponerse la chabacanería
al hombro buscando arrimarse a través del típico llamado “doble sentido”
buscando así la complicidad de aquellas personas que acompañaban la reunión.
Son maneras, pensé. Sin embargo, no
es un gesto que me atraiga o me acerque sino todo lo contrario. Parece evidente
que hay hombres que, lamentablemente, utilizan este tipo de escudos para llamar
la atención de una mujer y, sin ser conscientes, terminan poniendo sobre la
mesa su lado más vulnerable.
No me enoja, no juzgo, ni lo tomo a
nivel personal- por más que así haya sido- sino que termino observando que cada
uno tiene su manera de ser y que, para bien o para mal, todos tenemos una forma
de acercarnos. Pero, llega un momento en
donde me siento obligada a poner un límite y no desde el enojo, la bronca o la
falta de respeto sino desde la frontalidad, la charla y la franqueza.
Decirle a un hombre –“Estamos grandes, si existe algo de lo que
me quieras hablar, vení, sentate, que cuando ya tenemos más de 30 años, las
cosas pueden conversarse cara a cara”- genera una conmoción tal que parece
que los apabulla, y hasta se creería que sienten la necesidad de huir con tanta
urgencia como si hubiesen escuchado el ultimo llamado del vuelo a Alaska. Sorprendente,
no?. Es como si se pusieran nerviosos, como si no supieran que hacer, que
decir, que comentar como para sostener esa idea de “macho” que tanto necesitan demostrar…
No me creo la mujer más bonita, ni
la más sensual, ni deslumbrante del país, mundo, universo o lo que sea.
Simplemente soy una mujer que le gustan los mimos, la dulzura, la tranquilidad,
la sinceridad, la caballerosidad y por sobretodo el respeto. Y eso no significa
que no juegue al juego de la histeria y la seducción, porque claro, eso es
hermoso y se disfruta, pero cuando este juego se tiñe de colores opacos y sacan
las cosas más grotescas del ser humano, yo pierdo la motivación, él pierde el
encanto y culmina en un “simplemente sigo siendo yo pero un poquito
menos simpática y complaciente” porque en fin, cada uno tiene su manera
de ser, de mostrarse y de seducir, pero con el paso del tiempo, y gracias al
autoconocimiento, me doy cuenta que estos modales no me sorprenden, no me
atraen y, simplemente, no los elijo.
Diosa!....Me encanto!!
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