Bendito el día en que te descalzaste, caminaste sobre la
arena de mi alma y plasmaste tus huellas imborrables. No hubo mar que te borre,
lluvia que te disipe, ni huracán que te quite de ese lugar en donde dejaste la
semilla de la planta de tus pies.
Bendito el día en que encendiste una hoguera de pasión en mis
entrañas, sazonaste mis sueños con tus dulces palabras, hiciste un caldo
sabroso de mis lágrimas y te apoderaste de mi cielo, mi infierno, mis ansias.
Bendito el día en el que florecí a bordo de tus dulces labios
absolutamente encallada en el oleaje de nuestra esencia; el día en que acaricié
tu suave rostro estremecido en la oscuridad de tu aliento, recorrí tu cuerpo
preso de solidaridad estelar, visité tus párpados tensos en la inmensidad de tu
salado mar y fui tuya, únicamente tuya, hasta la eternidad…
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